La perfecta integración de sus infraestructuras turísticas dentro del entorno natural convierten a Lanzarote en una referencia mundial como modelo de desarrollo sostenible. Lanzarote, la más oriental de las Islas Canarias, se caracteriza por un singular paisaje volcánico con formas geológicas sorprendentes. Sin embargo, lejos de parecer desolador, supone un bello ejemplo de ecosistema volcánico, lo que ha permitido a la isla ser declarada Reserva de la Biosfera. Si hay algo que define a Lanzarote es su peculiar paisaje de lavas y cenizas volcánicas, fruto de las diversas erupciones volcánicas que se sucedieron en la isla entre los siglos XVIII y XIX. De norte a sur, la isla depara una gran variedad paisajística, que abarca desde los frondosos paisajes de Haría hasta los cultivos de vid de La Geria. Y en la costa, hermosas playas como las de Papagayo y Famara contrastan con acantilados rocosos y formaciones volcánicas como Los Hervideros o El Golfo. La mayor actividad sísmica se registró en el Parque Nacional de Timanfaya, auténtico escaparate del ecosistema de la isla. Este espacio abarca un inmenso mar de lava solidificado en el que surgen curiosas formaciones geológicas, como grutas, conos y cráteres. En este singular paisaje se esconde una gran diversidad vegetal, con líquenes, juncos y arbustos como la malvarrosa, el almirón, el tazaigo o la ratonera. Lanzarote conserva otros espacios naturales de gran importancia: el Parque Natural de Los Volcanes, que circunda Timanfaya, y el Parque Natural del Archipiélago Chinijo, ecosistema marino que incluye islotes de gran belleza e interés por las especies de aves que los pueblan. La perfecta integración de sus infraestructuras turísticas dentro del entorno natural convierten a Lanzarote en una referencia mundial como modelo de desarrollo sostenible. Este hecho, unido al excelente estado que presenta su patrimonio natural, permitió declarar la isla como Reserva de la Biosfera en 1993.... |